A un año de la Pascua del Papa Francisco, me resisto a hablar de él como si se tratara simplemente del cierre de una etapa. Hay personas cuya vida no cabe en la lógica de los memoriales, porque su paso deja abierto algo más hondo: un proceso, una vida fecunda, una semilla, una llamada. Francisco fue uno de ellos. No solo fue un hombre de gestos; fue un hombre de gestos vivos. Gestos que no adornaban las ideas, sino que revelaban una forma de habitar el Evangelio, de comprender el lugar de la Iglesia en la historia y de dejarse afectar por el dolor y la esperanza del mundo. Incluso su partida en la Pascua de 2025 tuvo para muchos de nosotros esa elocuencia propia de los signos que no necesitan demasiada explicación: su vida entera había sido un paso, un puente.
Si tuviera que resumir en una sola intuición el corazón de su pontificado, volvería a aquella frase que nos dijo en la preparación del Sínodo Amazónico, en uno de esos momentos en que pasaba de la broma cercana a una hondura desarmante: “No olviden lo más importante: la periferia es el centro”. No era una frase ingeniosa, era una clave eclesiológica, evangélica y también civilizatoria. No se trataba de invertir ideológicamente los polos, como si ahora tocara sustituir un centro por otro, o destronar al centro para instalar una nueva hegemonía. Se trataba de algo mucho más exigente y más evangélico: reconocer que las periferias, como sujetos vivos, como presencias de Cristo en la historia, iluminan al centro y lo ayudan en su conversión.
Francisco comprendió, con una lucidez única, que el drama de la Iglesia y del mundo no se resuelve anulando polaridades, sino habitándolas de tal modo que el Espíritu pueda abrir perspectivas nuevas a través de, y más allá, de las tensiones. Esa fue una de sus mayores capacidades: no negar las tensiones, no maquillarlas, no absolutizarlas, sino dejarlas fecundar por una lógica mayor. En ese horizonte, la periferia no es un dato geográfico ni una categoría sociológica secundaria: Es lugar teológico. Es la posibilidad de ver lo que desde la comodidad y rigidez del centro ya no se alcanza a mirar. También Jesús se dejó abrir el horizonte por los encuentros con las periferias: mujeres extranjeras, enfermos, descartados, cuerpos y vidas consideradas indeseables. También la encarnación, en el fondo, nos dice eso: Dios no irrumpe desde la autosuficiencia del poder, sino desde una vulnerabilidad histórica que descoloca toda pretensión de centralidad cerrada. Habita en la pequeñez, y desde ahí encamina la redención.
Por eso, en Francisco, la sinodalidad nunca fue un fin en sí mismo. No fue un eslogan eclesial ni una sofisticación metodológica. Fue el modo de ser Iglesia cuando se toma en serio que el Espíritu no habla solo desde arriba, ni desde los espacios de prestigio, ni desde las seguridades autorreferenciales, sino también y de manera decisiva desde los márgenes, desde los pueblos, desde las heridas de la historia, desde quienes durante demasiado tiempo fueron apenas objeto de atención pastoral y no sujetos eclesiales plenos. Y junto a ello, la ecología integral emergió no como un tema más entre otros, sino como una categoría decisiva, probablemente la más profética de su pontificado para la Iglesia y para el mundo, porque en ella se jugaba la posibilidad de responder a un mundo roto sin marginar, diluir o fragmentar nuevamente sus dolores.
Hay algo que me sigue conmoviendo de manera especial cuando pienso en Francisco: en el centro de su mirada no estuvieron primero las estructuras, aunque supo ver con claridad su necesidad de reforma; en el centro estuvieron las personas, los rostros, la dignidad irreductible de cada sujeto. Esa sensibilidad no era una estrategia de cercanía. Era una forma profundamente evangélica de discernimiento. Recuerdo con fuerza el inicio del Sínodo Amazónico, cuando, antes de desarrollar la arquitectura pastoral y teológica del proceso, comenzó diciendo que estaba triste y molesto por las burlas escuchadas en los pasillos ante la presencia y los signos de los pueblos originarios. Ahí se transparentó algo decisivo: Francisco se dolía porque percibía una estructura todavía incapaz de reconocer los rostros vivos de esa presencia de Iglesia y de esa presencia de Jesús. No defendía un folclorismo superficial. Reafirmaba la dignidad del sujeto concreto y el valor de su identidad y, al mismo tiempo, desenmascaraba el eurocentrismo persistente.
Y en ese gesto estaba ya condensada una cátedra entera: el Sínodo Amazónico no era un paréntesis coyuntural ni una concesión temática. Era una urgencia eclesial, era la posibilidad de que esas periferias iluminaran y purificaran aquello que el centro necesitaba cambiar. Francisco tenía esa rara capacidad de abrazar, dignificar, acoger, sin por ello diluir el proyecto. Su ternura no era ingenua; estaba unida a una hondísima claridad sobre el proyecto de Jesús y sobre la necesidad de una reforma eclesial real.
Otro rasgo fundamental de su pontificado fue su relación con la fragilidad. No intentó ocultarla ni encubrirla bajo el símbolo del poder. Reconoció errores, asumió falencias, habló de sí mismo como pecador. Y eso, lejos de debilitar su ministerio, le dio una consistencia profundamente humana y evangélica. Solo quien se sabe frágil puede evitar ponerse a sí mismo en el centro. Solo quien reconoce que este no es “su” proyecto puede ejercer una autoridad verdaderamente cristiana. Por eso, si convertimos a Francisco en un ícono de sí mismo, si hacemos del “Papa Francisco” el centro, lo habremos incomprendido totalmente. En su fragilidad nos dejaba ver más allá de él: hacia el Concilio Vaticano II, hacia el discernimiento sinodal, hacia la tarea de sanar un mundo roto, hacia el Reino de Cristo.
A veces me pregunto si los cambios que él deseaba para la Iglesia llegaron a ser irreversibles. Honestamente, no del todo. Y, sin embargo, hay en ello algo también profundamente bello. Porque si él hubiera concluido, si todo hubiera dependido de su eficacia o de su voluntad, entonces el proyecto habría corrido el riesgo de convertirse en una obra personal y no en una mediación al servicio del Espíritu. Francisco sembró, empujó, tendió puentes, abrió nuevos cauces.

En estos años se manifestaron con fuerza resistencias profundas, y no solo fuera de la Iglesia, sino dentro de la misma. Resistencias nacidas del miedo, del endurecimiento doctrinal, de una cierta esclerosis farisaica que confunde la defensa de la doctrina con el fin mismo del Evangelio. Pero también resistencias nacidas de otra forma de encierro: la de quienes, desde una lógica de pureza o desde una superioridad ideológica, juzgaban que nada valía si no se había transformado todo de inmediato a su imagen y semejanza, de tono progresista. Ambas posturas, aunque opuestas, compartían una misma impotencia espiritual: la dificultad de creer de verdad en el desborde del Espíritu.
Francisco, en cambio, supo habitar la tensión entre el kairós y el cronos. Supo reconocer el tiempo propicio de Dios, ese proceso que no depende de una coyuntura ni de un solo sujeto, y al mismo tiempo se dejó urgir por las heridas concretas de la historia, por los crucificados y crucificadas de nuestro tiempo, entre quienes la hermana Madre Tierra ocupa un lugar especialmente vulnerable. Esa doble fidelidad le permitió no caer ni en el espiritualismo evasivo ni en el activismo incrédulo. Dio razones para la esperanza y herramientas para el camino. Devolvió a la Iglesia y al mundo una forma y un sentido para seguir caminando.
La Amazonía, en este sentido, es uno de los lugares donde esa herencia se vuelve más visible. No porque Francisco la haya producido, sino porque supo escuchar un grito que ya venía brotando desde hace mucho, un grito de dolor y de esperanza, y hacer de puente. La Red Eclesial Panamazónica, la Conferencia Eclesial de la Amazonía, el Programa Universitario Amazónico, los procesos educativos interculturales, la búsqueda de nuevos caminos eclesiales: todo ello expresa que había ya una vida clamando por participación, por reconocimiento, por una Iglesia aliada, hermana, encarnada. Francisco no fabricó artificialmente ese proceso; lo reconoció, lo legitimó, lo abrazó y nos devolvió instrumentos para seguir trabajando durante décadas.
Quizá por eso insistía tanto en que los diagnósticos no bastaban, que los remiendos no alcanzaban, que la profundidad de la crisis no permitía medias tintas. El Espíritu Santo, expresó, libera los conflictos por desborde. Ahí hay una de las claves más provocadoras de su herencia. El desborde es la confianza en que la novedad de Dios no cabe dentro de nuestros cálculos ni de nuestras arquitecturas limitadas. Francisco fue, en este sentido, un sembrador que sabía que muchas semillas no darían fruto inmediato, que algunas caerían en terreno duro, que otras serían manipuladas o incluso sofocadas. Pero también sabía que muchas caerían en tierra buena y que el proyecto no trataba de él, sino del Reino.
A un año de su muerte, creo que su legado más verdadero no puede ser la nostalgia. Mucho menos la idealización. Su legado es la responsabilidad y la invitación que nos deja, es la devolución de una tarea al pueblo de Dios. Francisco nos devolvía, una y otra vez, la responsabilidad porque creía que la Iglesia no está centrada en el Papa.
Por eso, a un año de su Pascua, lo que permanece no es solo el recuerdo agradecido, sino la pregunta incómoda y fecunda: ¿seremos capaces de cuidar las semillas, de regarlas, de dejarnos convertir por las periferias, de seguir tendiendo puentes para un mundo roto, de no traicionar el kairós por miedo o por impaciencia, de confiar en el desborde del Espíritu?
Esa, quizá, es la esperanza más honda. La esperanza de quien cree en el Reino y por eso siembra árboles bajo cuya sombra no se sentará, y cuyos frutos no comerá. Francisco fue uno de esos sembradores. Tal vez ahí radica la forma más fiel de recordarlo: no colocándolo nuevamente en el centro, sino asumiendo la tarea de seguir caminando, con humildad y audacia, allí donde la vida clama, allí donde la periferia sigue revelando el rostro vivo de Cristo y allí donde todavía es posible reconstruir la casa, la vida y el Reino.









