Persisten voces que insisten en caricaturizar al feminismo como una amenaza contra la vida. Nada más lejos de la realidad. Defender a las mujeres es defender el tejido mismo de la sociedad. Allí donde hay cuidado, memoria, biodiversidad protegida y vínculos sostenidos, hay mujeres ejerciendo una política cotidiana, silenciosa y profundamente transformadora.
En la Amazonía, esta verdad adquiere una dimensión urgente. Las mujeres no solo sostienen la continuidad cultural de los pueblos indígenas; también enfrentan en primera línea el avance de intereses mineros, industriales, hidroeléctricos y la gestión del agua que amenazan la vida del territorio. Donde aún existe naturaleza viva, hay un pueblo que la protege, y en esa población, mujeres que tejen resistencia.
En América Latina, el reconocimiento simbólico de los derechos de las mujeres no ha sido suficiente para revertir profundas desigualdades sociohistóricas en los ámbitos político, educativo y laboral. En el Informe de Seguimiento de la Educación en el Mundo 2025 de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), las disparidades también varían según el nivel de ingresos de los países: en los de ingreso bajo, participan solo 50 mujeres por cada 100 hombres en educación de adultos, mientras que en los de ingreso alto la relación se invierte. A ello se suma que cerca de 80 hombres jóvenes por cada 100 mujeres están matriculados en la universidad, mientras que en la formación profesional predominan los hombres. Sin duda, estas brechas impactan directamente en el mercado laboral, donde el desempleo juvenil femenino alcanza el 23%, y el 44% de las mujeres económicamente activas trabajan de manera autónoma, muchas veces en condiciones de precariedad.
En el contexto amazónico estas desigualdades adquieren un carácter aún más crítico. Las mujeres de la Amazonía enfrentan no solo barreras estructurales en el acceso a la educación y al empleo, sino también una carga desproporcionada de trabajo doméstico y de cuidados no remunerados, que limitan su autonomía económica y su participación pública y política. La alta proporción de jóvenes que no estudian ni trabajan refleja una brecha de género que se inicia tempranamente y afecta las transiciones entre la educación, la capacitación y la inserción laboral. En muchos casos, la dedicación exclusiva al trabajo no remunerado y la falta de oportunidades formativas profundizan ciclos de exclusión, restringiendo sus posibilidades de desarrollo personal y profesional y perpetuando desigualdades históricas en la región.
Más grave aún es la violencia sistemática. En América Latina, según los datos oficiales de 2024 reportados al Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe (OIG) de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), se registran 11 muertes violentas de mujeres por razones de género cada día y un total acumulado de al menos 19.254 feminicidios en los últimos cinco años en la región. No estamos ante hechos aislados, sino frente a una verdadera crisis civilizatoria.
Adicionalmente, los informes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) han documentado cómo el extractivismo, la militarización y los incendios forestales incrementan riesgos específicos para las mujeres amazónicas: explotación sexual, despojo, sobrecarga de cuidados y pérdida de medios de subsistencia. La violencia sobre sus cuerpos es también violencia sobre el territorio. Tal como advierte Laudato si’, no hay dos crisis separadas —una ambiental y otra social—, sino una sola y compleja crisis socioambiental. Sin mujeres no hay Amazonía, y sin ambas no hay equilibrio planetario. La defensa que emprenden las mujeres no es sectorial ni identitaria, es una defensa de la vida común. Así como el feminismo no lucha contra los hombres sino contra la violencia estructural explícita que afecta a los pueblos amazónicos donde están las mujeres no defienden sus territorios solo para sí mismas, sino para sus familias, las comunidades, el país y el mundo.
Honrar a las mujeres amazónicas no puede limitarse a una conmemoración anual. Implica transformar estructuras, redistribuir poder y garantizar justicia, porque cuando una mujer muere, se hiere la memoria de un pueblo. Y cuando una mujer resiste, se afirma la posibilidad de un futuro mejor para todos.
Es imprescindible visibilizar y enfrentar todas las formas de violencia que afectan a las mujeres en la Amazonía. A pesar de enfrentar profundas desigualdades en el acceso a la educación, son ellas quienes, con enorme esfuerzo y autonomía, sostienen económicamente sus hogares y aseguran el bienestar familiar. Esta tarea, demanda una acción articulada entre organizaciones locales, Estados, universidades, ONG e Iglesias.
De manera particular, en coherencia con la misión del Programa Universitario Amazónico (PUAM), las instituciones universitarias tienen la responsabilidad de fortalecer sistemas de seguimiento y análisis que permitan comprender las causas del aumento de las violencias y aportar respuestas eficaces. Del mismo modo, resulta clave promover esfuerzos interinstitucionales orientados a prevenir la violencia sexual y física y garantizar procesos de reparación integral para las víctimas. Las mujeres amazónicas no son solo víctimas: son sobrevivientes que exigen y merecen justicia.
Por tanto, hoy, 8 de marzo, el día de conmemoración de la Mujer, expresamos un reconocimiento profundo a las mujeres que cargan la memoria de sus abuelas, hermanas, hijas y nietas; a quienes dinamizan la vida comunitaria y mantienen vivo el presente y la esperanza de un futuro donde sobrevivir no sea una preocupación cotidiana, sino que recupera la politicidad de sus esfuerzos. Nos solidarizamos con el sufrimiento de aquellas que son hostigadas por alzar su voz y exigir justicia, así como con quienes han perdido a sus seres queridos en la defensa de la dignidad humana o padecen diversas formas de violencia.
Nuestra labor en la Amazonía se nutre de las resistencias de las mujeres y de los pueblos amazónicos que arriesgan su integridad para proteger y afirmar la vida en estos territorios.
Agradecemos a quienes han acompañado, cuestionado y fortalecido este proceso, y a quienes creen en la posibilidad de una Amazonía viva. El PUAM, con humildad y esperanza, aspira a ser un espacio de formación, investigación y acción que contribuya a sanar las heridas de nuestro tiempo.
Porque proteger a las mujeres amazónicas es proteger el territorio. Porque una democracia auténtica requiere igualdad, justicia, diálogo y pluralismo. Porque frente a la lógica del descarte, optamos por el cuidado. Y porque, incluso en medio del dolor, afirmar la vida y comprometernos con la casa común es una decisión y postura política, esperanzadora y transformadora para vivir con dignidad y mejor.










