«La ONU advierte que hay un 91 por ciento de probabilidades de que, entre 2026 y 2030, al menos un año registre una temperatura media global superior en más de 1,5 °C al nivel preindustrial y superando, por tanto, el límite de referencia fijado en el Acuerdo de París», (ONU, 2026).


¿Cómo hablamos de paz en un planeta que se niega a enfrentar la crisis climática? ¿Cómo celebramos la búsqueda de la paz en medio de tanta polarización que nos lleva a las guerras? ¿Cómo construimos paz en este tiempo tan sombrío?

Entre esta y otras preguntas nos asaltan la mente y el corazón en este Día Internacional de la Paz. Podemos pensar que la paz consiste únicamente en la no promoción de la violencia, sin embargo, en regiones como Latinoamérica, donde los conflictos y las distintas formas de violencia forman parte de la vida cotidiana, la paz puede parecer muy distante. Mi invitación es a entenderla más allá de la simple ausencia de conflictos, porque se vuelve real cuando se construyen relaciones basadas en el respeto, el diálogo, la participación y la garantía de los derechos. Cuando ese equilibrio se ve amenazado por intereses externos, es necesario luchar por ser escuchados y escuchadas, porque la verdadera violencia es el despojo de los derechos, los territorios y las condiciones que hacen posible la vida digna.

Hablando particularmente de la Panamazonía, sabemos que el territorio y su gente enfrentan múltiples conflictos socioambientales asociados a la deforestación, la extracción de recursos naturales, la contaminación, la desigualdad, las tensiones en torno al acceso y control de los territorios (incluyendo actividades ilegales), haciendo cada vez más difícil que se garantice la vida. A esto se suma que los nuevos gobiernos en la región perciben los derechos como obstáculos para el crecimiento económico y pretenden promover políticas de regresión. Esta mirada extractivista se remonta a las relaciones históricas de exclusión donde se percibía al territorio amazónico como abandonado, listo para ser conquistado y explotado en beneficio de otros. En medio de esta realidad, se hace más difícil hablar de paz, porque las disputas por estos territorios se han diversificado y siguen creciendo día a día.

Entonces, no puede existir paz duradera allí donde persisten la exclusión, la pobreza, la discriminación o la vulneración de los derechos, porque «sin justicia social, no podemos hablar de una paz real». Sin cuestionarnos las causas estructurales de estos conflictos no podemos esperar que los pueblos que luchan por ser escuchados dejen de exigir sus derechos, como el derecho a la consulta previa, libre e informada (OIT, 1989). El silencio no puede considerarse como paz.

Pero ¿cómo construimos esa paz basada en la justicia social? Y es que existieron y existen grandes figuras que han buscado representar la paz, promoviendo la no violencia y la justicia social como Berta Cáceres (Honduras, 2016), Chico Mendes (Brasil, 1988), Mons. Óscar Arnulfo Romero (El Salvador, 1980), entre otros y otras. En este sentido, estas figuras o líderes con sus palabras y acciones nos han cuestionado y nos han hecho reflexionar como humanidad. Sin embargo, el liderazgo no debe entenderse únicamente como la acción de personas excepcionales o de aquellos que ocupan posiciones de autoridad. En lo personal, a través del Programa de Liderazgo Universitario Latinoamericano Ignaciano en el 2011, me hicieron ver que el liderazgo es una construcción colectiva que se fortalece en la comunidad y a través de las relaciones que las personas establecen entre sí. De tal forma que cada líder o lideresa forma parte de un tejido social más amplio y contribuye, junto con otras personas, a facilitar el diálogo, promover la escucha, fortalecer la confianza y generar capacidades para afrontar los conflictos que puedan atravesarse. Es un «liderazgo de servicio compartido» y nos recuerda que el verdadero cambio surge de los procesos de organización, de las acciones que buscan cambios, tanto para la protección y garantía de los derechos.

Una de las dimensiones que puede aportar a la construcción de esta paz desde la justicia social es la educación. Como PUAM, desde la construcción de la carrera técnica superior «Gestión Integral del Territorio Amazónico» (GINTA) queremos ir más allá de transmitir conocimientos. Asumimos el llamado para aportar a la formación y fortalecimiento de capacidades para analizar críticamente la realidad, comprender la complejidad de los conflictos, dialogar con la diversidad de saberes y participar activamente en la transformación de las realidades. La experiencia educativa para nosotros adquiere una dimensión ética y social: contribuye a fortalecer capacidades para la construcción de acuerdos, el ejercicio de la ciudadanía, la defensa de los derechos y el cuidado de la Casa Común.

Quiero cerrar esta reflexión invitándolos e invitándolas a detenerse un momento y preguntarse ¿qué significa la paz para mí? ¿qué tipo de paz estoy promoviendo? ¿quiénes son las personas que están viviendo conflictos y violencias? ¿cómo puedo apoyar a que no queden impunes los actos de injusticia, exclusión o vulneración de derechos?

Responder estas preguntas y compartirlas con otras personas, reflexionar colectivamente, podría generar nuevas luces que ayuden a disipar este tiempo tan sombrío.


Referencias:

  • Greenleaf, R. K. (1977). Servant leadership: A journey into the nature of legitimate power and greatness. Paulist Press.
  • Noticias ONU. (2026, 28 de mayo). El planeta se encamina hacia un periodo de calor extremo sin precedentes. Naciones Unidas. https://news.un.org/es/story/2026/05/1541496
  • Organización Internacional del Trabajo. (1989). Convenio sobre pueblos indígenas y tribales, 1989 (núm. 169). Oficina Internacional del Trabajo. https://www.ilo.org
  • Science Panel para la Amazonía. (2025). Informe de evaluación de la Amazonía 2025: Conectividad de la Amazonía para un planeta vivo. Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas (SDSN). https://www.sp-amazon.org/ar2025
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