Han pasado siete años desde aquella Asamblea Especial del Sínodo para la Amazonía, concluida el 27 de octubre de 2019. Siete años parecen poco frente a la historia de nuestra Iglesia, pero se sienten como una larga travesía cuando miramos los caminos recorridos, las promesas que han dado fruto y, sobre todo, las enormes deudas que permanecen pendientes. Aquel kairós eclesial, que nos permitió experimentar la fuerza transformadora de una Iglesia que escucha desde las periferias, parece hoy más lejano, y esto nos interpela profundamente.
El Sínodo Amazónico nació y caminó entre tensiones. Por un lado, las posturas escleróticas, aferrados a la resistencia frente a cualquier cambio, que anunciaban que este Sínodo sería fuente de destrucción para la Iglesia y pretendían deslegitimar el proceso reduciéndolo a una supuesta amenaza reformadora con tintes «pachamámicos», ocultando el deseo de impedir las invitaciones del Espíritu a nuevos caminos para la Iglesia. Por otro, las posiciones misofóbicas, de aquellos que, desde una pretendida superioridad ideológica y teológica, más “progresista”, y temerosos de contaminarse con lo diferente, declaraban que todo había sido una oportunidad perdida porque las reformas no respondían a la imagen y semejanza de sus propias expectativas ideológicas, desconociendo en gran medida toda la fuerza de un proceso vivo que abría preguntas y enormes posibilidades al ritmo en que la Amazonía, y la Iglesia en este territorio, podía y decidía caminar. Dos polos aparentemente opuestos, pero afectados por una misma enfermedad: la incapacidad de reconocer que el Espíritu no está sometido a nuestras certezas.
Sin embargo, como nos enseñó nuestro amado Papa Francisco, inspirado en Romano Guardini, las tensiones pueden ser creativas cuando no pretendemos anular al otro ni imponer la victoria de una posición sobre la otra. Y, a pesar de todo, el Espíritu abrió caminos donde muchos solo veían imposibilidades.
Los frutos son reales y significativos. La creación de la Conferencia Eclesial de la Amazonía (CEAMA), como expresión inédita de una nueva institucionalidad sinodal; las experiencias de articulación y servicio territorial, como el voluntariado de REIBA, la innovadora propuesta, en construcción, del Programa Universitario Amazónico; y la continuidad de la REPAM, la red que hizo posible una escucha sin precedentes y que ayudó a colocar las voces de los pueblos amazónicos y su acompañamiento en el corazón del discernimiento de la Iglesia. A esto se suman múltiples iniciativas de Iglesias particulares-locales y a nivel nacional, nuevas relaciones y, sobre todo, la contribución innegable del proceso amazónico al camino de la sinodalidad de la Iglesia en América Latina y a toda la Iglesia universal.

Pero celebrar estos frutos sin mirar críticamente nuestras fragilidades sería traicionar el sentido mismo de aquel proceso.
La REPAM, que nació para articular procesos desde el territorio, enfrenta hoy riesgos de que algunas de las expresiones que la componen queden atrapadas en dinámicas de institucionalización o fragmentación nacional, mientras que desde el núcleo que la lidera se intenta con fuerza reencontrar y recuperar la intuición que le dio origen. Otros esfuerzos de articulación con un foco específico en la Amazonía más explícitamente vinculados al CELAM y la CLAR parecen haber reducido parte de su impulso inicial o se han contentado con “hacer parte” de los procesos de articulación como la CEAMA y la REPAM, dejando algunas de sus iniciativas particulares como otros programas, entre tantos más. Los cambios de liderazgo traen nuevas miradas y posibilidades, pero también el desafío de custodiar una memoria viva. Y nuestras propias iniciativas, como el Programa Universitario Amazónico (PUAM), participan también de estas contradicciones y fragilidades: con avances y esperanzas, pero limitados por nuestra fragilidad y por las dificultades para lograr una articulación mayor al servicio de una misión compartida en un contexto desafiante y complejo.
No se trata de cuestionar personas ni de idealizar el pasado, se trata de reconocer con honestidad que las instituciones pueden ser vehículos de la sinodalidad, pero también pueden terminar sustituyendo o sofocando el dinamismo que les dio vida si quedan encerradas en sí mismas y desconectadas de la realidad que nos grita y clama, hoy más que nunca. Las disputas de poder, la competencia por recursos, los protagonismos institucionales y la tentación de actuar aisladamente debilitan aquella intuición fundamental: la Panamazonía no puede ser comprendida ni acompañada desde fronteras nacionales o eclesiales que fragmentan su unidad territorial y su extraordinaria diversidad.
Y aquí aparece una contradicción especialmente dura: mientras nuestro impulso eclesial parece mostrar signos de cierto desgaste o de reconfiguración, en medio de muchos signos de gran vida, la Amazonía está más amenazada, sus pueblos enfrentan nuevas y más profundas formas de violencia y sus defensores siguen pagando incluso con la vida. Cuando este territorio resulta cada vez más esencial para el futuro del planeta, ¿cómo podemos permitirnos una menor centralidad de su causa en nuestras prioridades eclesiales? ¿Cómo explicar que disminuya nuestro impulso articulador cuando los gritos de la tierra y de los pueblos son cada vez más ensordecedores?

En clave profundamente evangélica, la pregunta es todavía más radical: ¿dónde estamos poniendo hoy nuestra mirada? Si el centro de nuestra fe es el Cristo encarnado, debemos reconocerlo en los crucificados de nuestro tiempo. No podemos hablar de conversión sinodal mientras nos alejamos, aunque sea lentamente, de quienes nos mostraron un rostro de Cristo en el corazón de la selva.
En su mensaje a la reciente Asamblea de la CEAMA (2026), el Papa León XIV retomó la imagen del shihuahuaco, ese árbol gigante amazónico que crece lentamente, hunde profundamente sus raíces y se convierte en refugio para múltiples formas de vida. Nos recordó que sus raíces están también en la sangre y en la entrega de tantos hombres y mujeres que han dado su vida por la Amazonía. Una imagen profundamente pertinente para este aniversario.
¿Estamos cuidando las raíces o concentrándonos demasiado en nuestras propias ramas?
Es tiempo de discernir más conjuntamente, de volver a las fuentes de la escucha territorial que fue la columna vertebral del Sínodo Amazónico, no por nostalgia, sino por fidelidad creativa. De reconocer que ninguna instancia, país o proceso en solitario por grande o importante que sea, puede reclamar para sí el protagonismo de un proceso que es, sobre todo, del Pueblo de Dios y reconocer la llamada a promover y abrazar la territorialidad Panamazónica como locus, lugar teológico.
El antídoto frente a nuestras esclerosis y misofobias sigue siendo el mismo: reconocer en el Pueblo de Dios que peregrina en la Amazonía, especialmente en quienes habitan las periferias, la fuente viva desde la cual el Espíritu nos sigue hablando. La sinodalidad no es un fin en sí misma, ni mucho menos una disputa por el control de sus resultados, sino el camino para dejarnos conducir por la Ruah, el Espíritu que sopla donde quiere y que desborda nuestras seguridades e inseguridades.
Siete años después, hay mucho que agradecer, pero también mucho por discernir y transformar. Aquel kairós no ha desaparecido; quizás somos nosotros quienes debemos recuperar nuestra capacidad de reconocerlo.
La Amazonía no puede esperar a que resolvamos nuestras tensiones internas. Sus pueblos, sus mártires, sus territorios y las generaciones que vendrán nos exigen estar a la altura de aquella promesa. Volvamos la mirada hacia las raíces, no para regresar al pasado, sino para permitir que la vida siga creciendo y que el Espíritu siga “haciendo nuevas todas las cosas”.